Mayo 2011


Eventos31 May 2011 12:25 pm

Los que pensaron este comercial tuvieron una genial idea para demostrar los beneficios de un producto. ¡No te lo pierdas!

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Eventos31 May 2011 12:03 pm

“Donde te recomiendo los libros que más me gustan”
Por Soledad Farao*

El pulpo está crudo
Luis María Pescetti. Alfaguara Infantil. 1999

¿Y si el pulpo está crudo, para comerlo no habrá que cocinarlo?, me pregunto junto a este chef desorientado.

Parece que no, acá pasan cosas muy distintas, cosas rarísimas, como por ejemplo, encontrarte con cartas de una tía muy ploma que le escribe a su sobrina para decirle que la quiere ir a visitar y le insiste y le insiste…

Alguien que le cuenta a otro, que había una Caperucita que le encantaba que la llamaran Blancanieves y que atendía un restauran, una tierna parejita de enamorados que recibe piedrazos fuera de control, una vaca transformada en directora de una escuela, un chico que amaba comer flores y cuando creció se convirtió en tiburón, alguien que habla todo con “che”, y te dice: “parachiempre”.

Cosas más locas aún, como un coro de cocodrilos experto en natación participando en festivales prestigiosos y se hacen muy famosos, una pelea feroz en la que participan el capitán Malatranca y un chico como vos batiéndose a duelo como archienemigos… ¡¡¡uf!!!

Estos relatos descabellados no le dan respiro a la risa, nos contagian de carcajadas desopilantes y hasta absurdas, nos sumergen en mundos donde las cosas más inimaginables están a la orden del día y del menú para disfrutar una y otra vez.

Pescetti con su genialidad nos regala estos cuentos cortos para el deleite de nuestros sentidos, nos hace creer que todo es posible en la cabeza de un cocinero.

Yo te los superarchirecontrarecomiendo para leer en el cole, en casa, sentado, acostado, patas para arriba, en de la cama, arriba del sofá o adentro de la bañera.
S.F.

*Lectora apasionada, Licenciada en Ciencias de la Educación, Especialista de programas en promoción de lectura de Fundación Leer

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Eventos29 May 2011 07:27 pm

Por Nicolás Britos

Es lunes. Voy a buscar a la salida del jardín a mi hija Matilda, de 3 años y medio. Todos los lunes a la tarde tiene clase de danza. No danza clásica, pobrecita, sino más bien expresión corporal. Desde hace algunas semanas, sin embargo, se niega a entrar, llora, o pide que la mamá o yo nos quedemos dentro de la sala, lo que va en contra de las reglas de la profesora.
Mi mujer es mucho más estricta que yo, en general, en todas las cuestiones que tienen que ver con la educación de nuestra hija. Ella me había dicho el día anterior que quería que Matilda volviese a intentarlo, porque no teníamos que acostumbrarla a abandonar las cosas. A mí me sonaba a una preocupación un tanto exagerada para alguien de la edad de mi hija, pero teniendo en cuenta que “abandonar las cosas” es algo que yo también hago con demasiada frecuencia, me decidí a hacerle caso a mi mujer y llevar a Matilda una vez más a danza.
Para no agitar las aguas desde demasiado temprano, no le digo nada acerca de nuestro destino. La subo a la bicicleta, andamos unas cuadras, nos reímos y nos contamos lo que hicimos en el día, como siempre. Cuando ve que el camino se desvía del que nos lleva a casa, se da cuenta.
- No quiero ir a danza.- dice entonces.
Yo no había preparado un speech para la ocasión, por lo que me veo con la guardia baja y todavía seis cuadras para llegar al estudio.
- Hacemos así- improviso- vamos, te ponemos la ropa y vemos qué pasa. Si tenés ganas, bailás, y si no, no.
Silencio.
- No quiero ir a danza – es toda su respuesta.
Llegamos. No cambia su cara larga. Estando enamorado como estoy, no puedo evitar sentir que tengo que subirla a la bicicleta de nuevo y llevarla a casa. Pero imaginarme la escena de la explicación a la madre me quita toda la valentía. Evidentemente de por sí no tengo mucha.
Mientras la cambio, parece que llegamos a un acuerdo.
- Mirá, vos entrás a bailar, y yo me quedo sentado justo afuera, del otro lado de la puerta, esperando. Cualquier cosa que necesites; ir al baño, tomar agua, lo que sea, yo voy a estar ahí, sólo tenés que abrir la puerta.
Matilda ríe y se entusiasma.
- ¿Hacemos así?- le digo, estirando la mano, que es el ritual para hace tratos entre nosotros.
- Hacemos así- responde, y estrecha mi mano.

Todo es alegría y colores. Le encanta ponerse las zapatillas, la ropa de deporte. Habla de las amigas, compañeras del jardín que también asisten a la misma clase, de lo que vamos a hacer cuando termine.
En la puerta del salón, ante la mirada de los otros padres y la maestra, se abraza a mi pierna como una garrapata a la oreja de un perro y no responde a nada que nadie le diga.
La maestra, alemanísima, lo hace todo más difícil diciendo:
- El papá no puede entrar a la clase hoy.
Matilda se aferra más fuerte.
Sé que no voy a poder tirarla dentro del salón y esperar a que se quede. Eso significaría llantos y gritos, dos cosas con las que no me llevo bien, excepto cuando son realmente necesarios.
Me siento en el piso del pasillo en medio de todos los padres. Matilda se sienta en mi regazo.
- Nos quedamos acá- le digo a la maestra- y vemos qué pasa.
El pasillo es pequeño, no es un lugar para estar sentado. Los padres dejan a sus hijos y pasan por arriba nuestro, sin saber si sonreír comprensivos o juzgantes.
La puerta se cierra, nos quedamos a medio oscuras.
Son las 15:45.
La clase dura cuarenta y cinco minutos. Yo pienso -deseo- que Matilda se aburra en diez o doce minutos, y se decida a entrar cuando escuche a los nenes divirtiéndose.

Decido también no interactuar con ella. Recuesto la cabeza en la pared, no la tomo de las manos ni le hago mimos. No quiero que esté demasiado cómoda. Ese es mi gran plan.
15:55
Mati sigue sentada. Y nada más.
- ¿Por qué mirás para arriba?- me pregunta de pronto.
- Estoy descansando la cabeza- le digo.
15:57
Mis doce minutos pasaron, y yo estoy mucho más aburrido que ella.
Le pregunto por quinta vez en el día:
- ¿Por qué no te gusta danza?
- No sé.
- ¿Qué es lo que te parece más feo de todo?
- La música.
- ¿La música?
- Sí.
Quiero defender la música, pero en ese momento precisamente suena una espantosa canción ochentera.
- ¿Y qué otra cosa?
- El ruido que hacen los nenes… así…- dice, y golpea en el piso los pies.
- ¿Y la maestra, Susanne, te gusta?
- A veces sí – me dice- pero el otro día me gritó para que me quedara en el salón y yo quería ir a ver a mamá y por eso a veces no me gusta.
Me quedo en silencio.
16:10
- ¿Y Klara y Lena no son tus amigas?- recordarle a sus amigas había funcionado en otros casos.
- Son mis amigas- dice Matilda- En el jardín. Ahí las quiero mucho. Acá no es el jardín.
No puedo seguir preguntándole, o su lógica irrefutable iba a dejarme sin palabras por el resto del día. Suspiro, miro el reloj por última vez (pasamos media hora ahí sentados) y me doy cuenta de que, a veces, los chicos simplemente no quieren.
Y eso es tan bueno como querer.
Nos vestimos, subimos a la bicicleta, y nos vamos a jugar a casa.
Ya encontraremos cómo explicárselo a mamá entre los dos.
NB

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Eventos25 May 2011 09:35 pm

Y ya que hablamos de detectives, qué mejor que este jueguito para agilizar las neuronas en este día feriado. Tenés que encontrar al perro de cada dueño con la ayuda de una foto que te van a mostrar. Memorizala y buscá a la mascota que se le parece entre un montón de otros perros. Al principio parece fácil, pero después se va complicando. ¡Suerte!


Perdí a mi perrito

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Eventos25 May 2011 09:06 pm

… no siempre hacen mucho garabato. En el caso de Graciela Repún, Franco Vaccarini, Mario Méndez y Angeles Durini, hicieron una historia de detectives que parece que es buenísima. Por eso salió finalista del concurso El Barco de Vapor 2011, y se publicará a fines de este año, dentro de la Serie Roja de Ediciones SM.

Se trata de La Katana Perdida, que cuenta la historia de un detective que llega al pueblito cordobés de Cabalango, buscando una katana samurai robada en Japón hace dos siglos, y es un buen ejemplo de literatura colaborativa en nuestro país.

Según cuentan, Vaccarini empezó el relato con quince páginas de introducción; después Durini la continuó y, siempre por mail, cada uno escribía una parte y se la pasaba al otro. Así completaron este policial con mucho humor y con ingredientes que contrastan la cultura cordobesa de los cuartetos y los samurais.

Dan ganas de leerla ya, ¿no?

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Docentes25 May 2011 06:25 pm

Alejandro Piscitelli, ex director del portal educativo argentino Educ.ar, filósofo y magíster en Ciencias de Sistemas y en Ciencias Sociales, sorprendió el año pasado a sus 250 alumnos de la facultad, la mayoría nativos digitales, cuando les anunció que su cátedra se desarrollaría en Facebook.

Así, en lugar de leer fotocopias, presentar ensayos, realizar exposiciones y dar parciales, se pusieron a trabajar en grupo y fueron motivados a ser creativos para discutir las lecturas por Facebook. Cada grupo tenía su sitio donde intercambiaban opiniones, planeaban el trabajo, subían sus avances, veían el trabajo de los demás, etc. Y todos los informes debían ser productos audiovisuales, los subían a YouTube y tenían un enlace con la página en la red social.

Como resultado toda la clase trabajó con entusiasmo y ese semestre, por primera vez, ninguno faltó ni tampoco desertó o aplazó la materia.

“Creo que lo que estamos viviendo son vidas paralelas, en que el sistema educativo funciona por un riel y las redes sociales van por otro. Y ambos compiten por el tiempo de atención dentro del aula. Entonces, ¿qué hacer?”, pregunta Piscitelli.

Su propuesta es que las escuelas se abran a las tecnologías que sus alumnos usan actualmente para divertirse y para aprender del mundo que los rodea. Según el especialista, esta experiencia es mucho más posible de realizar en la escuela primaria “porque los chicos son más permeables, van donde los lleves”.

El Proyecto Facebook de Piscitelli, pretende “terminar con la idea de transmisión de conocimiento del profesor hacia el alumno y privilegia una donde el docente es un coach, un facilitador, un acompañante y también un aprendiz“.

Y asegura que es un primer paso para revolucionar el aprendizaje y hacerlo más atractivo, actual y divertido.

Los resultados de la investigación sobre Facebook, el relato de la experiencia de construcción de un entorno abierto y colaborativo en educación y la mirada de expertos iberoamericanos se dan cita en este libro. Está editado por Ariel / Paidós, con el apoyo de Fundación Telefónica y podés descargarlo gratuitamente en Proyecto Facebook

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