Tiempo atrás recibí un mensaje de la bibliotecaria María Inés Gomez, invitándome a visitar la biblioteca popular del barrio Ramón Carrillo. Tan emotivas me resultaron sus palabras sobre el trabajo que allí realizaban, la realidad de los chicos y del barrio, que no sólo las publiqué en este espacio sino que, al mismo tiempo, quedé muy entusiasmado con la idea.
Pero te confieso que, tan grande como mi entusiasmo, también era la dimensión de mi temor. Especialmente después de informarme sobre la situación de este barrio que, hasta ese momento, yo desconocía. Así supe que se encontraba ubicado en la Capital Federal, en Castañares y Mariano Acosta, y que había sido construido años atrás para ubicar a las personas desalojadas de lo que se conocío como el Albergue Warnes.
“Sólo se construyeron 700 casas, y las obras del barrio nunca fueron terminadas. El sistema cloacal está incompleto y, según los vecinos del lugar, las tierras donde fue ubicado el barrio estaban contaminadas y los chicos contrajeron enfermedades infecciosas en la piel. Aún hoy está decretada en la zona la emergencia ambiental y de infraestructura”, decía Clarín.com en su edición de diciembre del año pasado.
Para un típico bicho de ciudad como soy, acostumbrado a recorrer siempre las mismas zonas dentro de una confortable burbuja, esta descripción me sonaba equivalente a un largo viaje a un planeta desconocido habitado por seres contagiosos. Por fortuna, el mensaje de María Inés, que te recomiendo que leas (ver “Princesitas del Barrial” en el buscador), fue tan movilizante que pudo más que todos mis miedos.
El jueves 27 me encontré caminando con ella por las calles mitad tierra, mitad mal pavimentadas de Ramón Carrillo, donde las casas originales (porque mucho se ha seguido construyendo y ampliando de manera precaria) me resultaron agobiantes por su pequeño tamaño en esa mañana calurosa, y la única actividad posible para sobrevivir parece ser la de cartonero. Pero también descubrí un lugar en el que, a diferencia del resto de nuestra ciudad, los chicos con sus juegos son los dueños de las calles, y los grandes le dan para adelante en circunstancias en las que todo invita a tirar la toalla. Te parecerá extraño, y quizás el sol, que estaba tan lindo, ayudó un poco a gestar en mí esta sensación, pero a cada paso, lejos de tristeza o desesperación, recibí un mensaje de esperanza.
Y si este pensamiento podía confundirse con una típica mirada romántica de alguien nada acostumbrado a andar por “zonas marginales” de la ciudad, al llegar a la biblioteca despejé definitivamente mis dudas. Las ganas de los chicos que nos esperaban, seguramente muchos cargando historias terribles, la pasión de María Inés, Nora y Luis, a cargo del funcionamiento de la Biblio, la alegría de los chicos del grupo de Roberto Sotelo (uno de los responsables de la imprescindible Imaginaria) y Angeles, que vinieron de visita desde el Bajo Flores y Soldati (en donde realizan un trabajo similar al de Carrillo), me hablaron de poder a pesar de todo, de futuro, de que vale la pena intentarlo.
Charlamos, leímos, jugamos, hicimos magia, y lo mejor de la mañana fue el buenísimo cuento de terror, escrito y dibujado por ellos, narrado por María Inés con la ayuda de unos cuantos y la luz de una vela. Finalmente, un grupo de chicos, con seguridad más leídos que muchos respetables señores de saco y corbata, me dieron con su cariño y sus miradas, que hablaban mucho más que sus palabras, una lección que no voy a olvidar: “cortala con los prejuicios”.
Me fui agradecido por haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia, con ganas de repetirla, y la confirmación de que si queremos cambiar el mundo y hacerlo un mejor lugar para vivir, no hace falta pensar en grandes gestas, sino empezar a hacerlo con las pequeñas cosas que nos rodean.
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