Por Silvia Finder Gam
Hoy tuve una conversación muy interesante con un joven de 22 años.
Guido, ese es su nombre, estaba sentado frente a mí, contándome sus andanzas como mochilero, cuando de pronto solté la pregunta mágica:
-¿Vos leés?
-¡Por supuesto!-me contestó
- El diario,¿no?
-No, leo mucho, me gusta la historia.
-¿Y cómo comenzaste a leer?
Aquí comenzó el relato que hizo que me transportara desde su cara iluminada y sus ojos vivaces hasta la profundidad de su propia historia.
Me contó, así, como en secreto, que su papá le deslizaba JUSTO los libros que a él le podían interesar .
Lo más importante para él era que una vez leído el libro se lo comentaba a su papá y ¡oh sorpresa!, su papá ya lo había leído. Entonces podían compartir . No sólo el diálogo, sino también los comentarios, los sueños y el gusto por las aventuras. Salgari los unía.Toda la colección amarilla de Robin Hood, esa que muchos conocemos y que pocos jóvenes tienen en sus bibliotecas.
Aquí comenzó mi propio viaje hacia los recuerdos. Yo veía a mamá leer, yo quería ser como ella y saber tanto como ella; ¿qué tendrían esos “objetos raros” llenos de hojas sin dibujitos que le atraían tanto?
A Guido lo condujo por el camino de la aventura su papá, a mí, mi mamá. Y pensando un poco más allá: qué importante resulta para un niño que lo conduzcan por el camino de la fantasía y la aventura quienes lo rodean, aquellos que puedan enseñarle a desgranar y pensar cada partecita de lo leído y explicarle lo que no comprende, no como un acto de enseñanza, sino como una práctica de reflexión.
Ese diálogo posterior a la lectura de un libro, es TAN importante como la propia lectura del mismo.
Ahora Guido habla de su madre que es docente, de sus sueños por recorrer el mundo, mientras se disfraza con saco y corbata para ir a su trabajo diario y seguir leyendo la historia…LAS HISTORIAS.
Un saludo con la mochila puesta ( pero la mía está repleta de libros).
Silvia Finder Gam
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