“HabÃa una vez…” (Las mágicas tres palabras de los cuentos infantiles)
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Pero no habÃa: hay. Hay un hombre (Fernando de Vedia, 45, porteño nativo de Floresta, marido de MarÃa, padre de Clara -6 años-), que decidió dedicar su vida a escribir para los chicos. Nada menos. Digo “nada menos” porque los chicos son, al mismo tiempo, los lectores más implacables y más frágiles: si la historia no los atrapa, la abandonan al toque, pero un mal ejemplo puede abrirles heridas y dejarles cicatrices. Hasta hoy, ya en su décimo libro, Fernando lleva aprobadas todas las materias. Y se presenta asÃ. “Fui un pibe de clase media en un barrio de dase media. Alfredo Enrique, mi padre (murió hace muy poco) tenÃa un negocio de librerÃa y papelerÃa comercial, y Martha, mi madre, que aún vive, era docente. Tuve la vida de cualquier chico: la calle -cuando no era peligrosa-, la plaza, el club (Ferro Carril Oeste). Mucho deporte. Fútbol y tenis. Empecé siguiendo la ola de Guillermo Vilasy llegué a jugar bien. ¿Lecturas que me marcaron? La colección Robin Hood, aquellos libros amarillos, Sandokán, todo ese mundo de aventuras. Y, claro, El Principito, esa iluminación, que hoy le estoy leyendo a mi hija”.
Hay por lo menos tres Fernandos. El chico “que nunca dejé de ser”, el licenciado en Publicidad (llegó a manejar áreas clave de grandes empresas), y el mago. SÃ, mago, y no es metáfora. “Empecé, como tantos, con la cajita de magia que a los siete años me regaló una tÃa (galera, varita, la moneda que desaparece, etcétera). Me fascinó, evolucioné y tengo mi propio show de magia. Voy a las reuniones de la hermandad de magos, creo trucos. Es un maravilloso escape de la realidad, del dÃa a dÃa”. Pero, ¿cómo llegó a ser el autor de libros infantiles más exitoso del paÃs? “A través de varios caminos: el dibujo humorÃstico, que ejercà en varias revistas, y la invención de cuentos, sobre todo a partir del nacimiento de mi hija…”. Y de pronto, en el 2001, una de esas historias fue libro -lo editó Atlántida-. Siguieron nueve más y el mago, como por arte de magia, logró la conquista más difÃcil: el corazón de los chicos. Tanto, que entre ediciones y reediciones, la cifra llega a setenta mil ejemplares… Ese libro inaugural se llama El inventor de la calesita, su héroe (“mejor, antihéroe: tengo debilidad por los perdedores que terminan ganando”) es Paco Del Tomate, y ésta su tarjeta de presentación. Por un minuto, lector, siéntase niño: “Hace muchos, pero muchos años, habÃa un paÃs que no me acuerdo cómo se llamaba y tampoco me acuerdo dónde quedaba. Pero me acuerdo de que allà vivÃa Paco Del Tomate, un famoso inventor. Paco era famoso porque se pasaba el dÃa inventando cosas inútiles. Guantes para culebras, pelucas para leones o paraguas para peces eran sus ideas más geniales. Aunque nadie las usaba…”.
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Y bien. Los chicos dijeron, a coro, “¡SÃÃÃÃÃ!”, y Fernando, todavÃa asombrado, encontró su vocación y su camino para siempre. Siguieron Los increÃbles descubrimientos del profesor Lalo Lalupa, un arqueólogo que nunca descubre nada, El mago Bambini, Marvin Marbles y el prÃncipe de los desterrados, una joyita: La oficina de los besos perdidos, etcétera. “Dejé mi trabajo en publicidad y estoy enteramente dedicado a esto. Mi target: chicos de cuatro a ocho años, y de ocho años en adelante. Los libros tienen un apoyo fundamental: las ilustraciones de Poly Bernatene, Gabriel Bernstein, MarÃa Paula Dufour, Héctor Borrasca, Paula de la Cruz, Rodrigo Folgueira, Ménica Pironio, dibujantes de alto nivel… y en Clara y la estrella de mar me di un lujo: la protagonista es mi hija Clarita”.
Detallista, obsesionado por la sintaxis y la ortografÃa (“algo mal escrito deja, en un chico, una mala señal, difÃcil de borrar”), jura que crear personajes y narrar un libro tras otro “es mi gran refugio, mi cable a tierra, la vuelta a la inocencia, a la pureza, al espÃritu en estado virginal, al chico que fui (y que todos llevamos adentro). Es mi manera de no entregarme del todo. Cuando escribo para chicos, yo soy yo y resguardo mi esencia. Además, el chico lector te condena o te ama sin claroscuros: a todo o nada. Yeso es lo mejor que puede pasarme”. Hay, en esta historia, una pequeña cruzada. Escuchemos a Fernando: “Los chicos leen menos, es cierto y es triste. Pero tenemos, todos -padres, maestros, autores- que hacerlos volver al libro. La computadora los absorbió y es una feroz competencia. Sin embargo, ellos están preparados para las dos cosas, para la tecnologÃa y para lo clásico, el libro, y hay que darles esa alternativa. Evitar que se conviertan en ostras frente a una pantalla. Lograr que los libros tengan la misma presencia que la computadora y la televisión, porque un libro no se lee para ganarle a nadie, como sucede con muchos juegos electrónicos: se lee para pensar, para desarrollar el espÃritu crÃtico. Y por eso, ponerles libros en las manos es, absolutamente, nuestra responsabilidad. Porque, ojo: los chicos leen menos, sÃ; pero… ¿cuánto leen los padres? La aventura del conocimiento es una cadena. Si falta un eslabón, esa aventura se corta”.
Tiene Fernando, claro, sus códigos, sus mandamientos. “Primero, no aburrir. Segundo, escribir una historia que conmueva. Tercero, huir de las moralejas, los sermones, las bajadas de lÃnea. Cuarto, transmitir valores, pero sin discurso: siempre con clima de juego. Sexto, no enroscarse en lo puramente literario: escribir claro, simple y con respeto por el idioma. Séptimo, crear personajes -héroes o antihéroes, no importa-, porque, héroes o antihéroes, los Ãdolos de la buena literatura infantil siempre son buenos. En cambio, a veces los héroes de los adultos son malvados”.
No sale de su asombro, Fernando. ”Recibo mails emocionantes. En uno de mis libros, La oficina de los besos perdidos, un padre muy ocupado, sin tiempo, hÃper ejecutivo, sale para la oficina y le da un beso a su hija…, pero el beso se le cae. No llega a destino. Hace un tiempo, uno de esos mails, de una señora de Córdoba, decÃa: ‘Mi marido leyó el cuento y de pronto me dijo, alarmado: ‘Este soy yo… Tengo que cambiar’. El cuento le hizo hacer clic”.
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Pablo Picasso, en la cumbre de su vida y de su gloria, dijo: “Me tomó medio siglo aprender a dibujar como un niño”. En el final de la charla, le recuerdo esa frase a Fernando de Vedia, y sonrÃe. Sin palabras, me dice que a él le pasó lo mismo. A sus largos cuarenta años, recuperó al chico de Floresta. El que aprendió a jugar al tenis, encandilado por Guillermo Vilas. El de la cajita de magia que le regaló una tÃa.
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por Alfredo Serra
fotos: Christian Beliera
agradecemos a la calesita del Zoo de Buenos Aires
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