Junio 2007


Prensa28 Jun 2007 12:17 pm

Nota revista Gente “Había una vez…” (Las mágicas tres palabras de los cuentos infantiles)
 
Pero no había: hay. Hay un hombre (Fernando de Vedia, 45, porteño nativo de Floresta, marido de María, padre de Clara -6 años-), que decidió dedicar su vida a escribir para los chicos. Nada menos. Digo “nada menos” porque los chicos son, al mismo tiempo, los lectores más implacables y más frágiles: si la historia no los atrapa, la abandonan al toque, pero un mal ejemplo puede abrirles heridas y dejarles cicatrices. Hasta hoy, ya en su décimo libro, Fernando lleva aprobadas todas las materias. Y se presenta así. “Fui un pibe de clase media en un barrio de dase media. Alfredo Enrique, mi padre (murió hace muy poco) tenía un negocio de librería y papelería comercial, y Martha, mi madre, que aún vive, era docente. Tuve la vida de cualquier chico: la calle -cuando no era peligrosa-, la plaza, el club (Ferro Carril Oeste). Mucho deporte. Fútbol y tenis. Empecé siguiendo la ola de Guillermo Vilasy llegué a jugar bien. ¿Lecturas que me marcaron? La colección Robin Hood, aquellos libros amarillos, Sandokán, todo ese mundo de aventuras. Y, claro, El Principito, esa iluminación, que hoy le estoy leyendo a mi hija”.

Hay por lo menos tres Fernandos. El chico “que nunca dejé de ser”, el licenciado en Publicidad (llegó a manejar áreas clave de grandes empresas), y el mago. Sí, mago, y no es metáfora. “Empecé, como tantos, con la cajita de magia que a los siete años me regaló una tía (galera, varita, la moneda que desaparece, etcétera). Me fascinó, evolucioné y tengo mi propio show de magia. Voy a las reuniones de la hermandad de magos, creo trucos. Es un maravilloso escape de la realidad, del día a día”. Pero, ¿cómo llegó a ser el autor de libros infantiles más exitoso del país? “A través de varios caminos: el dibujo humorístico, que ejercí en varias revistas, y la invención de cuentos, sobre todo a partir del nacimiento de mi hija…”. Y de pronto, en el 2001, una de esas historias fue libro -lo editó Atlántida-. Siguieron nueve más y el mago, como por arte de magia, logró la conquista más difícil: el corazón de los chicos. Tanto, que entre ediciones y reediciones, la cifra llega a setenta mil ejemplares… Ese libro inaugural se llama El inventor de la calesita, su héroe (“mejor, antihéroe: tengo debilidad por los perdedores que terminan ganando”) es Paco Del Tomate, y ésta su tarjeta de presentación. Por un minuto, lector, siéntase niño: “Hace muchos, pero muchos años, había un país que no me acuerdo cómo se llamaba y tampoco me acuerdo dónde quedaba. Pero me acuerdo de que allí vivía Paco Del Tomate, un famoso inventor. Paco era famoso porque se pasaba el día inventando cosas inútiles. Guantes para culebras, pelucas para leones o paraguas para peces eran sus ideas más geniales. Aunque nadie las usaba…”.
 
Y bien. Los chicos dijeron, a coro, “¡Sííííí!”, y Fernando, todavía asombrado, encontró su vocación y su camino para siempre. Siguieron Los increíbles descubrimientos del profesor Lalo Lalupa, un arqueólogo que nunca descubre nada, El mago Bambini, Marvin Marbles y el príncipe de los desterrados, una joyita: La oficina de los besos perdidos, etcétera. “Dejé mi trabajo en publicidad y estoy enteramente dedicado a esto. Mi target: chicos de cuatro a ocho años, y de ocho años en adelante. Los libros tienen un apoyo fundamental: las ilustraciones de Poly Bernatene, Gabriel Bernstein, María Paula Dufour, Héctor Borrasca, Paula de la Cruz, Rodrigo Folgueira, Ménica Pironio, dibujantes de alto nivel… y en Clara y la estrella de mar me di un lujo: la protagonista es mi hija Clarita”.

Detallista, obsesionado por la sintaxis y la ortografía (“algo mal escrito deja, en un chico, una mala señal, difícil de borrar”), jura que crear personajes y narrar un libro tras otro “es mi gran refugio, mi cable a tierra, la vuelta a la inocencia, a la pureza, al espíritu en estado virginal, al chico que fui (y que todos llevamos adentro). Es mi manera de no entregarme del todo. Cuando escribo para chicos, yo soy yo y resguardo mi esencia. Además, el chico lector te condena o te ama sin claroscuros: a todo o nada. Yeso es lo mejor que puede pasarme”. Hay, en esta historia, una pequeña cruzada. Escuchemos a Fernando: “Los chicos leen menos, es cierto y es triste. Pero tenemos, todos -padres, maestros, autores- que hacerlos volver al libro. La computadora los absorbió y es una feroz competencia. Sin embargo, ellos están preparados para las dos cosas, para la tecnología y para lo clásico, el libro, y hay que darles esa alternativa. Evitar que se conviertan en ostras frente a una pantalla. Lograr que los libros tengan la misma presencia que la computadora y la televisión, porque un libro no se lee para ganarle a nadie, como sucede con muchos juegos electrónicos: se lee para pensar, para desarrollar el espíritu crítico. Y por eso, ponerles libros en las manos es, absolutamente, nuestra responsabilidad. Porque, ojo: los chicos leen menos, sí; pero… ¿cuánto leen los padres? La aventura del conocimiento es una cadena. Si falta un eslabón, esa aventura se corta”.

Tiene Fernando, claro, sus códigos, sus mandamientos. “Primero, no aburrir. Segundo, escribir una historia que conmueva. Tercero, huir de las moralejas, los sermones, las bajadas de línea. Cuarto, transmitir valores, pero sin discurso: siempre con clima de juego. Sexto, no enroscarse en lo puramente literario: escribir claro, simple y con respeto por el idioma. Séptimo, crear personajes -héroes o antihéroes, no importa-, porque, héroes o antihéroes, los ídolos de la buena literatura infantil siempre son buenos. En cambio, a veces los héroes de los adultos son malvados”.
No sale de su asombro, Fernando. ”Recibo mails emocionantes. En uno de mis libros, La oficina de los besos perdidos, un padre muy ocupado, sin tiempo, híper ejecutivo, sale para la oficina y le da un beso a su hija…, pero el beso se le cae. No llega a destino. Hace un tiempo, uno de esos mails, de una señora de Córdoba, decía: ‘Mi marido leyó el cuento y de pronto me dijo, alarmado: ‘Este soy yo… Tengo que cambiar’. El cuento le hizo hacer clic”.
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Pablo Picasso, en la cumbre de su vida y de su gloria, dijo: “Me tomó medio siglo aprender a dibujar como un niño”. En el final de la charla, le recuerdo esa frase a Fernando de Vedia, y sonríe. Sin palabras, me dice que a él le pasó lo mismo. A sus largos cuarenta años, recuperó al chico de Floresta. El que aprendió a jugar al tenis, encandilado por Guillermo Vilas. El de la cajita de magia que le regaló una tía.
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por Alfredo Serra
fotos: Christian Beliera
agradecemos a la calesita del Zoo de Buenos Aires

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Videos27 Jun 2007 04:27 pm

Estos son tres avisos que pude publicar en los cines en diciembre de 2006 durante varias semanas. Gracias a la creatividad y buena onda de Mario Ruloni, un amigo que los hizo, me di el gusto de ver animados a Marvin, Morton y Lalo.

No vamos a ganar en el festival de Cannes, pero para mí el mejor premio fue poder ver a mis personajes en las pantallas de un montón de cines.

¡Gracias, Marito!

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Eventos14 Jun 2007 12:31 pm

Feria del libro en Buenos Aires

Entre abril y  mayo de este año se hizo la Feria del Libro número 33 en la Rural. Fue la primera vez, después de tantos años de escribir y estar presente con mis libros, que me decidí a firmar ejemplares y a conocer a mis amigos lectores. Creo que no me había animado a hacerlo antes por miedo a que se acercaran a mi escritorio sólo para preguntarme por la ubicación de los baños.

No sabés la alegría que sentí el sábado 28 de abril a las 18, cuando al llegar al stand, ya había un montón de amiguitos esperándome. Tantos que recién dos horas y media más tarde pude irme, después de firmar, charlar y conocer a muchísimos chicos como vos, a sus papás y a sus amigos. Desde aquí les quiero mandar a todos ellos un GRACIAS así de grande por acompañarme y hacerme pasar un momento increíble.

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Mis Libros14 Jun 2007 11:56 am

(A partir de seis años)
A este libro lo quiero mucho porque fue el primero que publiqué en el año 2001. Todos nos sorprendimos cuando en menos de seis meses se agotó, lo cual ayudó a que pudiera publicar otros libros. Además, en uno de sus tres cuentos aparece por primera vez Paco del Tomate, un inventor de cosas inútiles que anduvo tan bien que siguió creciendo a través del tiempo.
Creo que uno de los aciertos de esta obra fue el título, que se le ocurrió a Silvia Portorrico, mi editora, y por supuesto las geniales ilustraciones de Poly Bernatene.

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