Por Silvia Finder Gam

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De los chicos se aprende.

El viernes último estuve en una escuela para narrar a los chicos del jardín, en el marco de una feria del libro organizada por “La regadera literaria”.

Mientras esperaba que se hiciera la hora de comenzar mi tarea, Sara, una de las coordinadoras de la feria, les propuso a los alumnos de 7º un desafío: que tomen un libro que nunca antes se hubieran atrevido a tomar, y que se den el tiempo de explorarlo en el breve tiempo que tenían.

La mayoría tomó libros de chistes, otro, sólo uno, un libro de historietas y varios novelas y teatro.

Antes de que el timbre señalara la finalización de la hora y la entrada de los más pequeñitos al ámbito de la exposición, hubo una devolución interesantísima.

Sara les preguntó a cada uno lo que había elegido y por qué lo había hecho. Uno de los chicos levantó la mano y contestó que había tomado el libro de chistes porque era entretenido y no le gustaba leer cosas largas. Otro, dijo que le parecía que en ese breve tiempo que tenían no iba a poder leer nada completo entonces prefirió la brevedad de lo humorístico antes que quedarse con las ganas de conocer el final.

Por supuesto Sara les comentó que también existen libros con cuentos breves, algunos de sólo un renglón. Algunos se asombraron, otros no tanto.

Yo acoté que si les atraía el humor, algunos autores como Pescetti tenían cuentos breves muy graciosos.

De pronto una alumna (y lo digo de esa forma porque contestó como si estuviera dando lección) quiso hacer un comentario sobre una novela que había tomado en sus manos en ese momento y se puso a leer parte de lo que estaba escrito (como para quedar bien con la profesora que acompañaba, dado que había estado hablando todo el tiempo durante la actividad y hasta ese momento no había tomado libro alguno.) Sara le preguntó por qué lo había elegido y no supo contestar, sólo atinó a decir que le gustó la tapa.

Otra chica que había tomado “Romeo y Julieta” dijo que había leído la primera escena, pero que no había entendido nada.

Entonces, a instancias de la coordinadora, expliqué que para entender un texto teatral lo primero que había que hacer era mirar las primeras páginas. Allí se especifica quiénes son los personajes, y su característica o su parentesco resulta más fácil entender.

Resultaba muy obvio quiénes eran lectores, porque cuando contaban lo poco que habían leído lo hacían con pasión.

Lo interesante fue que al no ser una actividad escolar, todos participaron con muchas ganas y se acercaban a preguntar qué libros podían leer.

Por eso, sigo insistiendo: acompañemos a nuestros hijos en su historia lectora sin abandonar la nuestra.

O sea : no dejemos de leer, y entre colorín y colorado, muchas historias habremos comenzado, o entre colorado y colorín la lectura no tendrá fin.
SFG

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