Desde Córdoba me llega este cuento del joven escritor César Yance, quien me explica: “mi sobrina tenia un gatito llamado Teodoro (en honor a la película de Alvin y las ardillas). Bueno, el caso es que se le salió al patio y la perra de la vecina ¡puf!, te imaginarás lo triste que fue; pero le dije que ahora sería un fantasma y que la visitaría a la perra y sin darme cuenta se me ocurrió lo que habría sucedido en esa visita, y por eso escribí esta historia que espero te guste“.

Eustacio el gato fantasma
Por César Yance
Ilustraciones: Cali


En una pintoresca calle inglesa vivía un gato. Se llamaba Eustacio y era blanco como la nieve; era un gato muy feliz, le encantaba caminar silenciosamente por los tejados, trepar por las humeantes chimeneas, y por supuesto comer atún. En esa calle también vivía un enorme perro llamado Sombra. Era negro como la noche, con afilados dientes y ojos muy rojos. Sombra era el terror de todos los gatos de esa calle y de las demás. Muchos gatos: siameses, de angora, callejeros o de su casa habían caído en manos del temible Sombra.

Una noche Eustacio volvía de pasear deslizándose, como una suave nube de pelo, con su cola bailarina y sus bigotes alargados. Sólo le faltaban unos metros para llegar a su casa, cuando todo sucedió: un fuerte ladrido, una cara enorme y peluda y un conjunto de amarillos y puntiagudos colmillos, y sin pensarlo Eustacio estaba patas arriba con los ojos abiertos como platos y duro como una piedra. Estaba muerto. Sin importarle su víctima Sombra se marchó. Cuando llegó a la cueva del callejón en donde vivía se desató una feroz tormenta, las gotas caían como balas y el viento se arremolinaba peligrosamente. Sombra se echó a dormir y entonces Eustacio habló:

-¡¡ Sooombraaaaa!!, ¡¡Sombraaaaaaa!!- el perro abrió los ojos y vio que a centímetros de su hocico estaba la figura de Eustacio, pero ahora su blanco era perlado e irradiaba una luz blanquecina -¡¡ Túúúú me asesinaaaaaste de un suuuuustooo!! Ahora te seguiré por las noches, a donde vayas.

Sombra quiso morderlo pero no pudo: un tarascón, dos tarascones, pero no consiguió nada. – ¡¡Toooontooo!! No puedes matar a lo que ya está muerto, ahora soy un gato fantasmaaaaa.

Muerto de miedo Sombra echó a correr por la inundada calle pero el gato parecía estar por todas partes. Se escondió detrás de árboles, abajo de los autos, en los arbustos, pero allí siempre estaba Eustacio.

-Te voy a tirar de la coooooolaaaaaaa- gritaba el gato mientras daba volteretas por el aire dibujando tirabuzones, y ahora a la lluvia se le sumaron los fuertes truenos y los relámpagos cegadores. Sombra corrió todo lo que pudo hasta que perdió de vista a Eustacio, corrió y corrió, hasta que llegó a un desierto callejón repleto de bolsas de basura. No había rastro del fantasma, muerto de miedo el perro decidió quedarse allí.

-Estaré seguro aquí- pensó (qué equivocado que estaba). De pronto muchas orejas puntiagudas surgieron de las bolsas de basura seguidas de cabezas y cuerpitos flacuchentos. -Miauuuuuu- todos los gatos que el había matado eran fantasmas ahora y sin darse cuenta lo habían encerrado en un circulo felino perlado y radiante de blanca luz. -¡¡Tú nos mataaaaaasteee!!- decían algunos mientras otros maullaban y otros reían malignamente. Sombra pensó que se lo comerían vivo, entonces, cuando el miedo se apoderó del animal éste comenzó a llorar sin consuelo tirándose en el piso mojado con las patas en los ojos.

-¡Perdón! ¡Perdón!- repetía una y otra vez y así estuvo un largo rato hasta que Eustacio se acercó hasta donde estaba él y le dijo con voz fantasmal: -Se te acusa de ser asesiiiinoooo de pobres e indefensos gatos, pero como somos finos y buenos te daremos una oportunidad para que enmiendes tus errores. A nosotros ya no puedes darnos nada, pero a los que están vivos sí. De ahora en adelante los tratarás con respeto, serás amable, nunca más intentarás morderlos o asustarlos, jugarás con ellos y los llevarás de paseo en tu enorme lomo- Sombra asentía con cara empapada de lluvia y lágrimas-. Y todo lo harás con una gran sonrisa, lo prometerás y si no lo cumples vendremos desde el más allá y te atormentaremos dia y noche también de madrugada ¡¡¡¡¡y te obligaremos a comer atúúúúúnnnnnn!!!!!-. Sombra levantó la pata derecha y con los ojos cerrados, muy sinceramente prometió ser un mejor perro con los gatos. Luego de unos segundos los abrió, miró hacia arriba y vio que un centenar de largas colas perladas se iban flotando hacia el cielo. Desde esa noche Sombra comenzó a llamarse Sombrita y ya no le hacía la vida imposible a ningún gato, ahora los besaba, los llevaba de paseo y a los callejeros los invitaba a comer de su lata. Con el tiempo a Sombrita se le fue el miedo y comenzó a disfrutar de sus nuevos amigos, se dio cuenta de que era más feliz haciéndoles cosquillas que asustándolos, y en la pintoresca calle inglesa los vecinos siempre comentaban el extraordinario cambio de Sombrita.
FIN

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