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En el año 1995, Betty Hart y Todd Risley (este último fallecido recientemente), profesores especializados en desarrollo humano y psicología, realizaron una notable investigación que tomó forma en un libro llamado “Diferencias significativas en las experiencias diarias de los niños estadounidenses de corta edad” (“Meaningful differences in the everyday experiences of youn american children”), editado por Brookes.

En los sesenta, Hart y Risley pertenecían a ese grupo de psicólogos, investigadores y educadores que intentaban aportar sus conocimientos y experiencias sobre el desarrollo infantil para evitar los terribles efectos que la pobreza estaba teniendo en el crecimiento académico de muchos chicos.

Para ello, durante dos años y medio, observaron a 42 familias durante una hora cada mes para entender qué sucedía dentro de los hogares con chicos entre uno y dos años de edad, en proceso de aprender a hablar. De las 42 familias:

- 13 pertenecían a la clase alta.
- 10 a la clase media.
- 13 a la baja.
- 6 recibían subsidios sociales para sobrevivir.

Lo primero que notaron fue que los 42 chicos recibían la influencia directa de sus padres tanto en sus niveles de actividad, su vocabulario y los estilos de lenguaje e interactividad. Les llevó seis años, entre la investigación y el análisis de los datos, para ver los primeros resultados. Y los primeros en sorprenderse fueron ellos mismos, ya que al proyectar a lo largo de 4 años la cantidad de palabras que escucharon los chicos de cada uno de los grupos durante el período observado, concluyeron que:

- Los chicos de 4 años de las familias profesionales o de clase alta, habían oído 45 millones de palabras.
- Los que pertenecían a las familias obreras (media y baja), 26 millones de palabras.
- Aquellos atendidos por la beneficencia social: 13 millones de palabras oídas en cuatro años.

Es decir que, cuando tres chicos, uno de cada una de estas clases, lleguen al colegio el mismo día, uno de ellos habrá oído 32 millones de palabras menos.

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Con estos resultados, entre otros que seguiremos viendo en nuevos artículos, los investigadores se convencieron de la importancia de los tres primeros años de vida en un chico, época en la cual son especialmente maleables y dependientes de sus familias para casi todas sus experiencias. Al mismo tiempo destacaron el enorme esfuerzo que sería necesario para lograr igualar la magnitud de estas diferencias. Ante el riesgo que estas diferencias significan para el desarrollo de una nación, los autores creían que una política de estado que nivelara las oportunidades de motivación de los chicos desde el primer año de vida era más urgente que nunca antes.

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¿Qué pasaría si hiciéramos la misma investigación hoy en nuestro país? Después de leer estos resultados, ¿todavía cabe alguna duda de que la lectura es un factor fundamental de inclusión social?

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