El escritor César Yance ha creado una historia de magia y fantasía que estoy seguro vas a disfrutar mucho. No te la pierdas:

El mago y su sirviente
Por César Yance


Había una vez un mago avaro y cruel que vivía en un pequeño pueblo mágico junto a Mortimer, su sirviente. Mortimer era un muchacho bondadoso que pasaba sus días durmiendo en la polvorienta alfombra de la cocina, rodeado de escobas, baldes y de los malos tratos que el mago le daba por no poseer ni una sola pizca de magia. Eso al mago le resultaba insultante, para él Mortimer era alguien insignificante, lo más parecido a un horrible sapo con olor a podrido que sólo sirve para sacar la costra de los pisos.

Una mañana el mago entró a la cocina de su casa muy entusiasmado y le ordenó a Mortimer que preparara un bolso con mucha comida, frazadas y algo de oro y lo pusiera sobre la burra que poseía. Un centauro amigo le había contado que las estrellas habían escrito en el firmamento el siguiente mensaje: “En la montaña más alta, la luz de la luna nueva las iluminará, entonces las gemas maravillosas brillarán con el esplendor de los dioses”. Por tener tan valiosos tesoros el mago decidió llevar a cabo la travesía.
Esa misma noche el mago sobre la cargada burra y Mortimer sobre sus propios pies emprendieron el viaje hacia la montaña más alta, que se encontraba luego del bosque. Como sabía que faltaba poco para la luna nueva, el mago no se demoraba mucho en los lugares en donde paraba a descansar. Al pasar por el pueblo de las brujas, el mago tomó un largo sorbo de vino fresco de su botella sin importarle el calor que también tenía Mortimer, una anciana bruja se acercó al mago y le dijo: -Cuida las gemas, pues las consecuencias pueden ser terribles para tí-. El mago sacó su varita y le echó un conjuro a la bruja que salió despedida por los aires, entonces continuó.

Cuando llegó a la posada de los duendes y pidió la mejor habitación para pasar la noche sabiendo que Mortimer dormiría junto a la burra sentado en el patio de la posada. El duende que le preparó la habitacion le dijo antes de retirarse: -Cuide las gemas pues las concecuencias pueden ser terribles para usted-. Con otro hechizo el mago enmudeció al duende, lo arrojó al pasillo y se acostó a dormir.

Luego de unos días, en el último tramo antes de las montañas, el mago decidió descansar en el bosque y le ordenó a Mortimer que preparara pescado; para desgracia al pobre muchacho se le quemó entero y el mago lo castigó con un golpe. Antes de salir del bosque esa noche un grupo de árboles parlantes detuvo al mago y le dijeron con voz gruesa: -Cuida las gemas, tonto, las consecuencias pueden ser peor de lo que imaginas-. Una vez más el mago agitó su varita y en donde se encontraban los árboles aparecieron unas largas pilas de sillas de madera.

Cuando terminaron el recorrido el mago subió con Mortimer hasta la punta de la montaña más alta. “Falta poco para que la luz de la luna nueva ilumine mis preciosas gemas”. Ese pensamiento había invadido al mago durante el viaje, pero ahora un intenso miedo lo inundó, una especie de desesperación, alguien querría robarle las gemas por eso habían tratado de advertirlo en el camino, no lo había pensado, existía un ladron y estaba cerca muy cerca, era Mortimer, debería matarlo. Enseguida el mago sacó su varita y apuntó directamente al pecho de Mortimer. – Ladrón mugriento, no podrás robarme, no eres nada -le gritó el mago. El joven sorprendido cayó hacia atrás justo en donde la luz de la luna nueva ya había comenzado a iluminar. El mago se quedó petrificado, los ojos de Mortimer brillaban maravillosamente a la luz de la luna, una luz casi celestial, pero no era todo: desde el cielo comenzaron a caer pequeñas y brillantes estrellas sobre el cuerpo del muchacho. Y al fin el mago lo entendió: las gemas fabulosas eran en realidad los ojos de su sirviente, ese muchacho al que nunca valoró, al que siempre ignoró. La bruja, el duende, y los árboles le habían dado los mismos consejos, claro, lo habían hecho siempre que lo maltrataba y no quiso escuchar. Las gemas siempre habían estado con él. Enloquecido de odio el mago lanzó un hechizo asesino a Mortimer pero éste rebotó en la campana de estrellas que rodeaba ahora al muchacho, impactando directamente sobre él mismo, haciendo un ruido semilar a ¡POF!.

Luego la lluvia de estrellas desapareció y los ojos de Mortimer volvieron a su estado normal; él se levantó algo sorprendido y a la vez agradecido por estar con vida, recogió la varita que posaba en el suelo al lado de un sapo horripilante lleno de verrugas y con olor a podrido. Mortimer sonrió (cosa que casi nunca podía hacer) al ver al mago-sapo.

Era libre al fin, convertido en esa criatura el mago no lo maltrataría nunca más, y entonces pensó que con una varita mágica una burra cargada de comida, abrigo y oro, podría alejarse para siempre y vivir una vida nueva, feliz, lejos de los malos tratos y de la polvorienta alfombra de la cocina.
FIN

¡Felicitaciones, César! Queremos leer más.

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