Corría el año 2001 y Ron Hornbaker y su esposa navegaban por el sitio PhotoTag.org site, que en aquella época hacía un seguimiento de las cámaras de fotos perdidas en el mundo. Ellos ya conocían la popularidad de WheresGeorge.com, que va tras el camino que hacen los billetes de Estados Unidos por su número de serie. Entonces Ron se preguntó a qué otro objeto físico podría la gente seguirle el rastro: así se le ocurrió la idea de hacer lo mismo con libros y surgió Bookcrossing, que según el diccionario Oxford de inglés, es la “práctica de dejar libros en lugares públicos para ser recogidos y leídos por otros quienes luego hacen lo mismo”.

Antes de ser liberado, es necesario registrar el libro en el sitio www.bookcrossing.com para obtener un número de identificación. Luego, este número debe anotarse detrás de la tapa del libro junto con algún dato adicional como puede ser la dirección del sitio y alguna marca o sticker para que esta información sea visible. Y ya se puede dejar el libro en el banco de una plaza, en la butaca de un cine, en el patio de comidas de un shopping, o en cualquier otro lugar por donde transite la gente. Parece que lo más interesante sucede cuando alguien ingresa al sitio para avisar que lo encontró. Esta práctica permite la interacción de quienes participan a través de foros, encuentros, convenciones, videos, etc.

La iniciativa tiene más de 740000 personas en el mundo que la llevan a cabo con la intención de hacer del mundo una gran librería, y también existen sus seguidores en nuestro país. En el sitio www.bookcrossing.com.ar , además de liberar libros en lo que ellos denominan “la jungla”, se reúnen a compartir sus experiencias una vez por mes en Capital Federal, Córdoba, Rosario y Mendoza.

Uno de sus miembros internacionales ha dicho: “si la lectura es el vehículo para la aceptación y el entendimiento, con Bookcrossing transita con rapidez”.

Interesante, ¿no?

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