Roald y la fábrica de personajes
Tiempo atrás fui invitado a publicar un artículo en el suplemento cultural del Diario Perfil que sale los domingos. La idea era escribir sobre alguien admirado pero que ya no esté entre nosotros. Me pareció una buena oportunidad para referirme a mi autor favorito, Roald Dahl, que marca mi camino en el mundo de la literatura infantil. Hoy quiero compartir la nota con vos, para que conozcas un poco más de la vida de un hombre que pudo superar las grandes tragedias de su vida a fuerza de vocación. ¡Gracias a Marcelo di Marco y a Yamila Scala por esta oportunidad!:
Roald y la fábrica de personajes
Si nos cuentan de alguien que a los tres años sufre la muerte de su hermana de siete, que a las pocas semanas fallece su padre aun joven, ya mayor pierde a su hija por una encefalitis y otro de sus hijos tiene un accidente que le causa hidrocefalia; que en la Segunda Guerra es piloto de la Royal Air Force, se estrella en el desierto y queda completamente ciego por dos meses, su primera esposa sobrevive a tres infartos muy seguidos estando embarazada, la hija de su segunda esposa fallece de un tumor cerebral y él enferma y muere de cáncer, pensaríamos que es la trama del culebrón de las tres de la tarde o nos están leyendo los titulares de un diario sensacionalista.
Difícilmente podríamos imaginar que en realidad se refieren a uno de los escritores de literatura infantil y juvenil (y también adulta) más leídos del mundo, con millones de ejemplares vendidos cada año. Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, Matilda, Las brujas, más de sesenta cuentos y poesías para chicos, relatos para adultos, novelas de ciencia ficción y autobiográficas han sido disfrutados por varias generaciones. La mayoría de ellos traducidos a treinta y cuatro idiomas y muchos llevados al cine, la televisión y el teatro. Sin contar sus guiones para las exitosas películas “Solo se vive dos veces”, de James Bond, y “Chitty Chitty Bang Bang”, ambos basados en obras de Ian Fleming.
Tal vez por esa tragedia que atravesó su vida de manera casi constante, es que el escritor Roald Dahl, nacido en Gales en 1916, concibió un estilo de narración basado en el humor negro, toques macabros y finales sorprendentes e inesperados. Bien diferente al de la mayoría de sus contemporáneos (su primer libro para chicos, Los Gremlims, data de 1943) e imposible de ubicar en algún movimiento o tendencia literaria.
Se encerraba en la casita del fondo de su jardín, a la que su esposa, hijos, familiares y amigos tenían prohibida la entrada, para “retroceder hasta tener siete u ocho años otra vez”, como solía decir. Porque ese era el secreto de su llegada a los chicos: mirar la vida con sus ojos. “Los adultos deberían ponerse de rodillas durante una semana para recordar cómo es vivir en un mundo en el que la gente con todo el poder literalmente se alza sobre uno”, afirmaba.
Pero sí es seguro que el maestro que a sus ocho años lo castigó con una vara, lo marcó profundamente. De allí la presencia recurrente en sus cuentos, de adultos malvados que maltratan a los chicos y de chicos que se vengan de ellos o, como mínimo, se muestran más sensatos y maduros que sus mayores. Una temática políticamente incorrecta que, sin dudas, ha sido otro de los ingredientes que ayudó a su gran aceptación entre los pequeños lectores.
La misma incorrección política, en este caso para nada simpática, que lo llevó en alguna ocasión a realizar condenables declaraciones a la prensa cargadas de antisemitismo, inauditas para alguien que jamás había reflejado pensamientos similares en ninguna de sus obras.
Dahl no solo logró transformar los dramas vividos en la genialidad creativa de sus libros. La Roald Dahl Foundation, establecida después de su muerte en 1990, se ocupa de dar soporte a chicos con trastornos en la sangre y neurológicos, problemas que tanto él como su hijo Theo sufrieron a lo largo de sus vidas, y que lo llevaron a desarrollar, junto con dos amigos, la válvula de Wade-Dahl-Thill, un dispositivo para aliviar las situaciones provocadas por la hidrocefalia.
Una vida de novela, ejemplo de una búsqueda de sentido ante la adversidad que le permitió romper fronteras y abrir nuevos caminos en la literatura infantil y juvenil en beneficio de nuevas generaciones de chicos pensantes.
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